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Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla, la capital de la Giralda, en España, un 17 de febrero de 1836. Y si bien, Gustavo Adolfo era todo un sevillano, los Bécquer eran oriundos de Flandes, habiendo llegado a España en el siglo XVII. De este modo, de su cruce con la gente de España, salieron los Bécquer de Sevilla, los Bécquer sevillanos...  Su nombre completo era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida. Tenía un hermano pintor, llamado Valeriano, quien al igual que Gustavo, a pesar de tener estos apellidos, ambos adoptaron el nombre de sus antepasados nórdicos. Esto tal vez, por considerar éste apellido algo más elegante que el otro. Así lo hicieron y luego, al cabo del tiempo, todos los conocerían como los Bécquer, y no como los Domínguez Bastida...

Huérfano a muy temprana edad, cuando aún no cumplía los 10 años, Bécquer fue a parar, junto con su hermano, a casa de la Sra. Monchay, quien era su tía y madrina. Ahí empezó su educación y allí comenzaron los primeros "toques" de poeta.  Su tía quería hacerlo "hombre de mar". De ahí, que luego de las primeras letras lo pusiese en la Escuela Náutica de San Telmo. Claro, al joven Bécquer no le interesaba mucho esto; pues encontraba más apasionante dedicarse a las musas y al amor, que el avocarse al estudio de la brújula, el sextante y el recuadro.  Y lo que son las cosas y lo que es la suerte. El cierre abrupto de dicho colegio le permitió seguir por el rumbo que él quería. Ya no tendría, como los marineros, hacerse a la mar, sino navegar tierra adentro. Como diría alguien: "Ya no tendría que sufrir el mareo del océano; sino, ahora, el mareo del amor..."

Bécquer vivía un mundo de fantasía artística. Desde temprana edad le gustó componer. Todo lo sublimaba, todo lo hacía grande y todo lo hacía bello. En él, no había engaños o desengaños; y, si existían, éstos tenían su explicación y su salida a través de hermosos versos. Muy chico, a la edad de doce años, compuso una Oda a la muerte de Alberto Lista. En su adolescencia se hizo más poético. Llenose de cánticos y alabanzas a ninfas y musas que pasaban por sus sueños, destacando en ellos la tenue inmortalidad de la belleza.

Quien vive de prisa, vive apasionadamente. Y Bécquer estaba destinado a vivir de prisa y con pasión. Un muchacho que a la edad de dieciocho años vivía entre fantasías, amoríos y recuerdos, y romances sevillanos. Un joven cuyos versos cuentan mucho acerca de su persona. Versos y poemas en los que dice como un adiós a aquello que no puede hacer suyo, y que sin embargo, siente cierta nostalgia por ello.

Versos y poemas en que canta a sus amadas, a sus amoríos y desventuras. Poemas como Elvira u Oda a la señorita Lenona. Un poeta dominado por un sentimiento especial, que siente, que intuye y que vibra. Un escritor de versos que vive ensimismado en nostalgias y recuerdos, que clama por aquello que se va o amenaza irse, y que siente, que el quedarse solo, es como morir.

Pesimismo vs. Optimismo

Y si bien a Bécquer se le ve a veces como un pesimista, lo cierto es que Gustavo Adolfo también fue un apasionado que disfrutaba la vida a todo lo que daba. Le gustaba saborearla, vivirla plenamente, disfrutar de lo sencillo y alegrarse con aquello que veía. Un hombre que le gustaba sentir las cosas y hacerlas suyas.

Bécquer era, por decirlo así, todo un bohemio. Un día, en vísperas de marcharse a Madrid, trabajaba con unos amigos (Campillo y Julio Nombela) en un poema tripartito: La Conquista de Sevilla. Pretendían hacerse ricos (o al menos eso querían) cuando lo pudiesen vender en Madrid a un editor. Calculaban que, una vez cubiertos los gastos de viaje, alojamiento, comida y "varios", les sobrarían unos sesenta mil reales. Entonces Campillo preguntó: "¿Y qué haremos con este dinero?", a lo que Bécquer contestó: "¡Pues, para obras de caridad!".

Según estos tres andaluces sus poemas harían milagros. Creían traer consigo la famosa "Lámpara de Aladino". En realidad no les fue muy bien, que digamos. Menos mal que tenía ahí muy buenos familiares: una excelente madrina y un envidiable tío, que era poco más que bueno. Ambos ayudaron al poeta y éste lo supo agradecer.

Fueron los familiares quienes envían a Gustavo Adolfo a Madrid. Llega él, haciendo su entrada allá por el año de 1854. Era otoño. Bécquer llega con un pequeño baúl, algo de ropa, un cuaderno de dibujo, (pues aparte de poeta, Bécquer gustaba, como su hermano, de la pintura), una libreta repleta de poemas y sesenta pesetas como capital.  Todo esto era lo que Bécquer traía consigo al saltar de la diligencia y tocar suelo madrileño. Un joven que no tenía ni la menor ni la más remota idea de lo que le esperaba. Un joven con alma de poeta que muy pronto haría temblar los labios y latir los corazones de las muchachas enamoradas de esa época.

Pero no todo le llegó de la noche a la mañana a Gustavo Adolfo. Bécquer tuvo que soportar las miserias y humillaciones que todo un provinciano sin dinero. Sufre. Había puertas, pero estas no estaban abiertas para todo mundo. Habría pues que esperar. Habría pues que contentarse viviendo entre cuartos llenos de telarañas donde iba tejiendo sus sueños de poeta.  A esto, un amigo suyo, Julio Nombela, comenta: "Las necesidades físicas ni le apremiaban ni le molestaban. Su fantasía llenaba de paisajes magníficos los más míseros albergues. No se daba cuenta del tiempo ni del medio ambiente en que vegetaba. Siempre dispuesto a trabajar, había que buscarle trabajo porque él no sabía buscarlo".  Así era Bécquer. Un hombre que a los diecinueve años se le ofreciera un trabajo, en el que no duraría por mucho tiempo. Satisfacción pasajera que le hiciera pensar y encaminarse luego por otros rumbos. Prefirió, entonces, acompañar a su hermano por los venturosos caminos de Toledo, Soria y Ávila. Esto les daría, a ambos hermanos, temas importantes para sus cuadros, dibujos y artículos periodísticos.

Después, Bécquer intentó acogerse a cualquier tipo de trabajo. Su alma errante, su espíritu aventurero y su alma de poeta. Así era él; pero, tenía que trabajar. Y así fue como consiguió, otra vez, de manera fortuita, y gracias a unos amigos, un pequeño trabajo por el que le pagarían tres mil reales al año.  Y no duró aquí mucho tiempo. Su oficio era el de un simple burócrata, en la Dirección de Bienes Nacionales. Su trabajo consistía en llenar engorrosas y tediosas formas burocráticas, esas que nadie sabe a dónde van a parar y que solo sirven para crear cucarachos. Así, cansado de todo esto, Bécquer se la pasaba haciendo dibujos.  Luego, un día, sentado en su escritorio, rodeado de sus compañeros de oficina, Bécquer, mostrando uno de sus dibujos, decía: "Este es Hamlet... Esta es Ofelia... Y, este es....". No acababa de decir el último "es", cuando una voz a sus espaldas (su jefe), le completaba la frase: "Y este es un empleado que sobra en las oficinas y ¡queda despedido...!". Gustavo Adolfo ni se inmutó. Se volvió hacia su jefe, le agradeció su cesantía, sonrió y se marchó.

Tiempo después, el poeta tuvo que hallar nuevamente trabajo donde fuese. Un escritor que tenía sus propios sueños; o, como se diría, actualmente, tenía sus propias "ondas". Vivía como abstraído, envuelto en sus pensamientos y su mundo mágico de gran poeta. Pero tenía que sobrevivir, y para esto tenía que trabajar. Encontró, pues, trabajo en "El Porvenir" (un pequeño periódico español, de aquellos tiempos). Pasa un buen rato y, por fin, a los veintiún años, logra cierta notoriedad escribiendo en "La Crónica", haciendo críticas de arte.

Bécquer se desplaza a Toledo. Ahí se documenta para escribir sus críticas de arte. La ciudad le fascina y permanece en ella por espacio de casi un año. Y es Toledo, con todo ese romanticismo y sabor medieval que le hace inspirarse más. Bécquer busca en el pasado remembranzas poéticas. Trata de encontrar, en ese pasado misterioso, ese espíritu enigmático de una raza formada por muchas sangres, y que le habla con orgullo de su Alcázar, de su Catedral, del Greco y del Tajo.

El tiempo pasa. Doce meses apenas por cumplir y Gustavo Adolfo vuelve a Madrid. El poeta mejora su suerte. Una casa editora (Gaspar y Roig) le encarga unas traducciones. Luego, por recomendaciones, un gobernante nombra a Bécquer censor de novelas. Posteriormente, en una tertulia del conocido y llamado Café Suizo, halló Gustavo Adolfo a varios amigos. Uno de ellos le obsequió un hermoso álbum de 500 páginas en las que escribiría, tiempo después, sus famosas Rimas.

La política, como en todos los tiempos, era ese mal que zumba como ruido y piquete de zancudo y avispa por todos lados y todas direcciones. Tiempos algo convulsos donde en las pláticas de café, en los corrillos de amigos y en las redacciones de los diarios lo único que se escuchaba era la palabra "política" y "gobierno". Así pues, Bécquer "entra" a la política (más bien por convencionalismo o conveniencia, que por convicción), y empieza a escribir interesantes artículos polémicos en El Contemporáneo.

Mientras tanto, por un camino distinto, aunque tal vez no muy diferente, Bécquer, sintiéndose con la fuerza y el valor suficiente como para casarse, decide como todo buen hijo de vecino, contraer nupcias. Y así lo hace. La realidad, pensaba él, se sentía capaz: tenía dinero, contaba con tres trabajos y tres sueldos: el de traductor, el de periodista y el de censor.

Y se casa. Lleva al altar a Casta Esteban Navarro, una damisela que conociera en Veruela, en 1861, cuando fuera a visitar y conocer un famoso monasterio que se encuentra en esa localidad. Bécquer iba con la "excusa" de la arqueología; ella, no se sabe que le haría al poeta para que este se interesase en su persona. Una niña, que se cuenta, tenía un carácter vulgar y un temperamento cambiante e iracundo.

No duraron mucho tiempo. Al poco rato ya "andaban de las greñas". Ella se enfadaba por cualquier cosa. El, simplemente escribiendo versos. Una pareja que jamás se pudo entender, aunque hay que indicar que de este matrimonio surgieron tres hijos, que aliviaron, hasta cierto punto, la enemistad o resentimiento entre ellos. Alguien escribió que "su experiencia doméstica le probó, como a todos los grandes soñadores, que los gastos de la casa no se cubren con suspiros y que, entre los trastos de la cocina y el humo del fogón, se destiñe el halo poético de las más altas elegidas, llámense Beatriz, Laura o Elvira".

Bécquer cantaba a través de su poesía. Poemas, escritos y cantos que se dejan ver y entretejer al hacer lectura de sus bellos versos plasmados en sus "Rimas". Versos en los que él se pregunta y pregunta a su amada "¿qué es poesía...?, sin que ella le responda.

"¿Qué es poesía?", me dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

"¿Qué es poesía?... ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía eres tú.

Se sabe que la mayor parte de sus Rimas se las inspiró Julia Espín, una musa fría y calculadora de la cual Bécquer se enamoró. Sin embargo, y para desgracia del poeta, dicha musa prefirió a otro hombre, un tal señor Quiroga, un hombre rico y con dinero, y que con el paso del tiempo llegaría a ser ministro. Aquí, otra vez nuestro ilustre personaje se ve abatido por la desolación y la cruel realidad de ese amor perdido. Se siente envenenado, se siente desdichado:

Una mujer me ha envenenado el alma;

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme;

yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo,

el mundo rueda. Si mañana rodando,

este veneno envenena a su vez,

¿por qué acusarme?

¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

Una vez, estando con su editor, éste se le acercó y le preguntó al poeta: "A propósito, Gustavo: ¿Tiene usted de casualidad algunas cuartillas para el almanaque que voy a publicar? Solo puedo pagarle sesenta reales". "Hecho" -contestó Bécquer- "Exactamente la suma que necesito para pagar una deuda". Y se puso a escribir. Hablaba sobre las hojas secas arrastradas por el viento, como si en ellas se sintiera identificado. Pero, luego habla sobre "la gloria", esa que a veces nunca se alcanza, y si se llega a ella, ésta fácilmente se escapa como el humo o como el viento.

Errante por el mundo fui gritando:

La gloria, ¿dónde está?

Y una voz misteriosa contestome:

Más allá..., más allá...

En pos de ella seguía por el camino

que la voz me marcó.

Halléla al fin, pero en aquél instante

en humo se trocó.

Mas el humo formando denso velo,

se empezó a remontar

y penetrando en la azulada esfera,

al cielo fue a parar.

Bécquer era todo un poeta. De ahí sus conocidos versos:

Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer, cuando el amor se olvida,

¿sabes tú a donde va?

........................................................

Por último, dos de sus rimas más conocidas. Primeramente la de las golondrinas, y finalmente la del camino:

 

Volverán las oscuras golondrinas

en tus labios sus nidos a colgar

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán;

pero aquellas que el vuelo refrenaban,

tu hermosura y mi dicha al contemplar;

aquellas que aprendieron nuestros nombres;

esas... ­no volverán!

..................

...Yo voy por un camino, ella por otro,

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: "¿Por qué callé aquel día?",

y ella dirá: "¿Por qué no lloré yo?"

Gustavo se despide de sus amigos del Café Suizo una tarde del 14 de diciembre. Hacía frío. Un frío endemoniado que pudo más que el calor y la pasión de este joven poeta. El se iría a su casa, ubicada en el número 23 de la calle de Claudio Coello. De ahí no saldría jamás. Su frágil salud, el frío y sus pulmones acabaron con él. Aún no cumplía los 35 años.

Hoy nos queda solo el recuerdo de un gran poeta y un gran autor. Un personaje que nos diera a través de sus versos la cálida ternura de un amor que siempre llevamos en nuestro corazón. Un amor que podemos hallar en muchas partes, siempre que miremos a través de unos ojos limpios de todo un gran poeta como lo fue: Gustavo Adolfo Bécquer.

Tomado del periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 6 de marzo de 1989.


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