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Grandes han sido los músicos que han pasado por el mundo, pero tal vez ninguno de ellos ha dejado una huella tan honda en los corazones de todos aquellos que aman la música como lo fue Beethoven. Lo cierto es que todo esto pudiera deberse, en gran medida, a la vida y circunstancias de este hombre. Un magnífico compositor que entregó toda su vida a su pasión más excelsa: la música.

La vida de Beethoven corre entre mil mareas y más de cien encrucijadas. Eran tiempos de la Revolución francesa. Los principios de ésta se habían difundido rápidamente por toda Europa. En Viena, un joven músico, Beethoven, se sentía atraído por las ideas republicanas: libertad, igualdad, independencia, fraternidad, unión...  A Beethoven le interesaba todo esto. Sueña con una libertad ilimitada, con una república grande, heroica. Admira muchas cosas y a personajes importantes de esa época. De ahí su sinfonía "La Heroica", la cual escribe y compone, en 1804, en honor al Primer Cónsul. Su música vibra con el espíritu de la época, se imbuye, se impregna...

Pero, más tarde, cuando se da cuenta que la vida da vueltas y que no todo es color de rosa, ve que su héroe se desmorona. El cónsul se hace coronar emperador, y Beethoven sufre una gran decepción. Rompe indignado su dedicatoria “a Bonaparte”, y en su lugar escribe de su puño y letra: “... a la memoria de un gran hombre”.  Más tarde diría que Napoleón no era el genio de la Revolución, tal y como él se había imaginado. Según él, Napoleón era "un hombre como los demás". Frío, ambicioso, y lleno y ansioso de poder. Así pensaba Beethoven y así eran sus muy particulares pensamientos. Un hombre que más tarde daría al pueblo alemán el sentimiento de su propia grandeza.

Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770 en una pequeña buhardilla de la ciudad alemana de Bonn. Una preciosa ciudad cosmopolita, situada a orillas del Rin. Ahí daría sus primeros pasos este gran genio de la música quien, al mismo tiempo, marcara toda una etapa en la evolución de la misma. Un compositor que señala el inicio de toda una era paralela a la historia política social de Europa.

La infancia de Ludwig se desarrolla entre tristezas, desvelos y penurias. Su niñez no conoce la dulzura de la vida familiar. Sus primeros años carecen de toda educación moral e intelectual. Su padre era un borracho, tenor mediocre y alcohólico empedernido. Su madre, una sencilla criada de salud precaria y carácter débil. Pero ni Juan, su padre; ni María Magdalena Leim, su madre, pudieron dar algo bueno al pobre Ludwig.

La única persona que pudiera valer la pena mencionar, como destacada, dentro de la familia Beethoven, era su abuelo Luis. Un hombre nacido en Amberes, en la región de Flandes (Bélgica), y establecido en Bonn, desde hacía 40 años. Y fue tal vez de ahí, de esos orígenes, donde surgieran esos rasgos característicos de este gran músico. Rasgos como su fogosidad, su vehemencia y su feroz independencia. Rasgos, por cierto, nada alemanes, sino más bien propios de todo un flamenco.

Fueron realmente difíciles los primeros años del chiquillo de Bonn. A la edad de cuatro años, empieza a manifestarse en el niño su afición por la música. Su padre intenta explotar las aptitudes del chiquillo y exhibirlo como un niño prodigio. Cree en el talento de su hijo (o al menos trata de aprovecharlo), y le hace pasar largas horas sentado frente al clave, o bien, le hace encerrar en una habitación, para que toque el violín.

Ludwig empieza a aprender, comienza a sentir. Su juventud transcurre ensombrecida por las preocupaciones y penurias materiales. A los once años se gana ya el sustento tocando en la orquesta de un teatro. A los trece, es ya un buen organista; a los diecisiete, tiene a su cargo el sostenimiento de su familia y la educación de sus hermanos.  Más tarde, se ve obligado a solicitar el retiro de su padre (incapaz de seguir trabajando, a causa de su afición por el alcohol), y a cobrar la pensión que le era otorgada a fin de que éste (su padre) no malgastara el dinero que le era concedido.

Y es en medio de tantas desventuras -que dejan en su alma una profunda huella- en que Beethoven tiene la suerte de conocer el amor. Conoce a la familia Breuning, conoce a Leonor de Breuning (“Lorchen”): su gran amiga, su primer amor. Lorchen se convierte para él en la mujer ideal que reúne todas las bellezas del cuerpo y del espíritu. Para Beethoven no había mujer más allá que su hermosa Leonor. Esa mujer que le daría una gran tranquilidad y remanso de espíritu y de paz.

Más tarde, al paso del tiempo, el amor por Leonor se troca en una firme amistad. Años después, ella se casa con el doctor Wegler, uno de los mejores amigos de Beethoven. Y, lo que muchos creían iba a terminar en enemistad, sucedió todo lo contrario. Continúa el afecto y la amistad entre los tres. Se hablan, se tratan, se conocen... Luego, Wegler escribiría a Beethoven: “¡Bendito sea Dios que me permite hablar de ti con mi mujer y con mis hijos...!”

En noviembre de 1792, a los veintidós años de edad, Beethoven decide fijar su residencia en Viena, la capital musical no solo de los alemanes, sino del mundo entero. Ya antes (cinco años antes), había pasado una corta temporada en este lugar. En dicha ocasión conoció a Mozart, quien, según parece, no hizo mucho caso de Beethoven, nuestro gran compositor. (Tal vez, diría yo, por incompatibilidad de caracteres: ambos creídos y algo locos).

Estalla la Revolución. Francia hierve en ella. Beethoven siente simpatía por los franceses. Arde en deseos por conseguir para su patria lo mejor. Se anidan en él grandes sentimientos de democracia y anhelos por ayudar a tener una república, sentimientos que irían desarrollándose en el curso de su vida y existencia.

Empieza a componer música. Da notas y acordes a dos poesías bélicas de Friedberg: “Canto de Partida” y "Somos un gran pueblo alemán". Beethoven tiene 25 años, aunque aparenta menor edad. Va entonces formándose la imagen típica del gran maestro: cara ancha, basta y rojiza; frente poderosa y abultada; cabellos muy negros, siempre enmarañados y ojos de prodigiosa intensidad.

Beethoven sabe lo que vale. Es un muchacho joven, erguido, de complexión atlética... Hasta cierto punto algo vanidoso. Él cree que vale eso y mucho más, y lo hace saber a los demás. En Viena le consideran orgulloso, vanidoso y rudo. No conquista muchas simpatías y lo ven hasta ¡salvaje!

Beethoven era un gran pianista que había sorprendido a Viena, la capital austriaca. Sus atrevidas improvisaciones, su música y su talento cautivaban a muchos. Las mujeres se derriten por él, y muchas hasta se hubieran casado con este gran genio, si no fuese porque era poco más que un oso gruñón.

Les gustaba, sí, el exótico encanto de su melena, la magia de sus dedos al pasarlos por el teclado; pero sus modales, no eran muy refinados, que digamos. Sus modales, en la mesa, nadie los podía tolerar; la policía alguna vez lo tomó como vagabundo, le gustaba hacer bromas pesadas, siempre y que no estuvieran dirigidas a él; era arrogante y susceptible, ofendía a sus protectores, y discutía con los amigos que trataban de ayudarlo.

Y empiezan los problemas para gran Beethoven. A poco tiempo de residir en Viena, aparece el primer toque de alarma: la sordera inicia sus estragos. Los oídos le zumban día y noche. Su órgano auditivo se debilita de manera progresiva e irremediable. A nadie confiesa su secreto, ni siquiera a sus más íntimos amigos.

Por largo tiempo no quiso admitir que se estaba quedando sordo; pero, con el correr de los días, viose obligado a tener que agachar la cabeza para escuchar lo que tocaba. Se acercaba al teclado. Luego, siempre vivía diciendo “Was?”, que significa “¿Qué...?”, en español. No oía nada, no entendía nada. Trata de disimularlo y hasta cierto punto lo logra. La situación para él es terrible. No quiere quedar sumido en el silencio. Empieza a componer con más furia. Pide a Dios ayuda diciendo: “¡Oh, Providencia, permite que brille sobre mí la alegría, aunque sea por un solo día... Hace tanto que soy ajeno a ella!”.

El espíritu de Beethoven se plasmó en sus grandes obras. Más de una de ellas, por no decir que todas, reflejan su estado de ánimo, de alegría o de dolor de este gran artista. Se dice, incluso, que la mayor parte de sus obras las realizó estando ya sordo. Pero él no se dejaba vencer. Seguía luchando y seguía componiendo. De ahí su “Sonata Patética”, la tercera sonata para piano. También estaría su juvenil Primer Sinfonía. Más tarde vendrían otras obras más, a las que en transcurso del presente artículo haré mención y referencia.

A la tortura física que le inflige su sordera, se añaden otros sufrimientos. Beethoven es nuevamente víctima del amor, la pasión y el desengaño. Pasaron por él muchos amores, corrieron por él muchos sueños no alcanzados. Sintió el amor, aunque no lo que pudiéramos llamar el placer.

De temperamento vehemente, llevaba Ludwig toda su pasión al paroxismo. Se enamoraba, soñaba, se deleitaba; soñaba con aventuras, las cuales siempre terminaban en sufrimiento y desengaños. A la edad de treinta y un años conoce a una bella mujer, la condesa Julieta Guicciardi. Una mujer coqueta, egoísta y pueril. Beethoven la amaba, pero ella no.

La muchacha juega con el corazón del músico, le hace sufrir cruelmente, se burla. Beethoven la ama con pasión, pero ella no le corresponde. Años más tarde, justo dos años después, la “simpática” muchacha se casa con el conde de Gallenberg. Beethoven sufre una severa crisis de depresión. Su alma se ve atormentada no sólo por el desengaño, sino por su enfermedad: una sordera que le acompaña a todas partes y que lo hace infeliz y desgraciado.

Sus esperanzas de curación desaparecen. No hay salvación para él. Solamente su espíritu elevado le hace sobrevivir y seguir viviendo. A los treinta y dos años se establece en él una lucha entre el genio que triunfa y un cuerpo que desfallece. Escribe otras obras: Sonata con Marcha Fúnebre, Sonata quasi una Fantasía, Segunda Sonata, y Sonata en Do menor, dedicada al emperador Alejandro.

Vienen otras épocas, otras obras. Beethoven se aferra a su orgullo, se aferra a la vida. Deshecha las ideas tristes que invaden su alma y escribe su Segunda Sinfonía, todo un matiz de tonos y contrastes musicales en que canta y compone al triunfo y heroísmo que vence al infortunio. Luego, al compás de las victorias napoleónicas, Beethoven escribe con gran acierto e inspiración la Tercera Sinfonía, la “Heróica”.

Enamorado empedernido, Beethoven vuelve a caer en el amor. Algunos (algunas) le comprenden; otros (otras), no. Sin embargo, y a pesar de todo esto Beethoven encuentra consuelo en la amistad de la condesa María von Erdödy, mujer encantadora, quien reúne para Ludwig toda una celestísima concurrencia. Ella le quiere bien. Beethoven la llama su “confesora”, a quien cuenta todas sus penalidades. Un día le escribe y le dice: “Mis problemas aumentan... ¡Cuántas veces he pensado en vos, mi honorable amiga! Pero la desolación me oprime siempre, siempre...”.

Y hete aquí que nuevamente, y de pronto, aparece la felicidad en el rostro y alma de Beethoven. Un amor encarnado en la grácil y fina figura de Teresa de Brunswick. Y, aunque mucho mayor que ella, Beethoven se enamora de su Teresa con esa gran vehemencia que le es característica. Ama a su Teresa, vive por ella, se pierde por ella... Ludwig ya la conocía. Había tratado a su familia diez años atrás. Había sido profesor de Teresa, siendo ella entonces una niña. También había trabado amistad con el conde Francisco, hermano de la joven.

Los Brunswick le invitan a pasar una temporada en su residencia de Martonvásár, en Hungría. Hungría era (como en gran medida lo es ahora) un país lleno de magia al que solamente iban los verdaderos potentados de la clase noble. Ludwig se dirige al encuentro de su princesa. Y es allí, durante la primavera, en que nace una gran amistad entre estas dos almas rebosantes de sensibilidad. Amistad transformada en amor tierno y apasionado.

Vive Beethoven una etapa de fecunda inspiración. Escribe de un solo tirón o golpe y porrazo la Cuarta Sinfonía. Cambian sus modales, ya no es tan hosco y agresivo como antes. Se le ve efusivo, alegre y cordial. Beethoven es otro, un Beethoven seguro de sí mismo. Un estupendo maestro que pronto daría otros frutos musicales como la Quinta Sinfonía, donde desarrolla el tema de la tragedia clásica, la lucha del hombre contra el destino.

Le siguen otras obras: la Sexta Sinfonía, la Pastoral y la Apassionata, donde da a conocer una viva expresión de pasión y de ternura. Más tarde, todo ese mundo de ilusiones creado en su interior se desmorona de nuevo. El noviazgo se deshace; mas sin embargo, ninguno de los dos se olvida del otro.

El motivo de la separación nadie la conoce. Pareciese como si todo quedase en el misterio. “Se dice” (pero, recalco, “se dice”), el motivo que se interpone entre ellos es la desigualdad social, la diferencia de fortunas, algo que humilla a Beethoven y agudiza su misantropía. Teresa sigue amando a su maestro, él también a su Teresa. Teresa lo ama hasta la muerte, Beethoven hasta después de la muerte.

Abandonado nuevamente por el amor, sumido nuevamente en la desesperación, Beethoven encuentra un nuevo amor: Bettina Brentano, una muchacha soñadora, sentimental, inteligente, dotada de un gran amor por la música y que aparece milagrosamente y de pronto en la vida de este gran compositor. Surge en ellos una firme amistad, pero ésta termina con la boda de la joven.

Bettina conocía a Goethe (autor de Fausto), Beethoven, aprovechando esta coyuntura (que hoy llamamos “palanca”), trata de entrevistase con el escritor. Ambos tenían ganas de conocerse y por ello y para ello preparan una entrevista. Esta tendría lugar en Teplitz, en Bohemia, en 1812.

La entrevista se realiza, pero ambos sufren una severa desilusión. No logran entenderse. Beethoven es demasiado violento e independiente; el poeta, demasiado cortesano. Beethoven tenía su genio y su orgullo; Goethe, su servilismo. Beethoven no hacía caso de las costumbres, a Goethe le interesaban.

Más tarde, el autor del Fausto escribiría: “Beethoven es, por desgracia, de una personalidad completamente salvaje...”. Luego, después de un incidente ocurrido ante la familia imperial, donde Beethoven no mostró, según Goethe, la más mínima cortesía, el escritor pretendió ignorar la existencia del músico y guardó un silencio absoluto sobre su obra y su persona.

De la época de su estancia en Teplitz son las sinfonías Séptima y Octava. En la primera de ellas se expresa de una manera efusiva y espontánea, dejando ver claramente un hombre ebrio de energía y de pasión que muestra su genialidad y una huella imborrable de su herencia flamenca. La segunda (me refiero a la Octava), muestra otro sesgo, otro carácter.

Y sigue así la vida del gran músico, quien conoce, en esta ocasión a una cantante de nombre Amalia Sebald, quien ayuda para inspirarle otras obras. Beethoven se siente fulminado por su amor. Ella, a su vez, se siente atraída por la bondad del hombre y su fuerza creadora. Amalia no solamente es joven, sino que posee una belleza de sentimientos que hacen más impacto en el corazón del gran Ludwig.

El cariño que unió a esta pareja fue breve, pero pródigo en afectos. Y en este, como en otros casos, no hubo un algo que justificase su separación. Simplemente se dio, sin saber por qué. Algo que siempre quedaría como el eterno enigma que envolvió la vida amorosa de este gran maestro. Amalia abandonaría Teplitz y, tres años después, contraería matrimonio con un consejero de la corte.

El músico rebasa ya los cuarenta y dos años. Su corazón siente aún atracción por las mujeres. Ellas se cruzan por el camino, él se detiene y sufre nuevos desengaños. En el Congreso de Viena se le considera una gloria europea. Toma parte activa en los festejos, donde príncipes y monarcas le rinden pleitesía. Pasan fugaces los momentos de gloria y tras ellos vienen los días difíciles donde siente se hunde su carrera.

El ya no es “la moda”; ahora Rossini es el importante, y Beethoven pasa a ocupar un segundo término. Sus protectores mueren, otros cambian de ciudad y unos más le abandonan. Sus amigos le consideran pedante, le retiran el saludo y la mayoría no le quiere volver a ver. Sus enfermedades se ensañan con su cuerpo. Está completamente sordo y sólo se comunica por escrito con los demás.

Los médicos le diagnostican tisis. Beethoven se siente realmente enfermo. En febrero de 1815 da su postrer concierto. Luego, a finales del mismo año, muere su hermano Carlos quien le nombra tutor de su hijo de nueve años. Beethoven adora al niño. Lo trata y lo cuida como si fuera su hijo. Ignora por completo la serie de sufrimientos e ingratitudes con las que su adorado sobrino le recompensaría su generosidad.

A los cuarenta y cinco años Beethoven es un hombre espiritual, maduro y solitario. La naturaleza es su única confidente. Los rasgos dominantes se acentúan en su rostro. El maestro se encuentra preocupado por la falta de dinero, contrae deudas con los editores; y de sus obras, no obtiene ningún rendimiento. Se consume entre problemas domésticos y económicos. Vive pésimamente instalado. Trata de cobrar pensiones, cosa que pocas veces logra y si lo hace, éstas no le resuelven problema alguno.

En treinta y cinco años en que reside en Viena se muda de casa unas treinta veces. El pleito por conservar la tutela de su sobrino le consume tiempo, esfuerzo, energías y le provoca enojos. El muchacho ya es grande. Beethoven se resigna a que deje la Universidad. Carlos se convierte en comerciante, a la vez que en un vicioso, holgazán y jugador empedernido. Nunca cambiaría de rumbo. En el verano de 1826, llega al extremo de pegarse un tiro en la cabeza. No muere, pero esto hace provocar que el corazón de su tío, Ludwig van Beethoven, quede destrozado.

Sumergido y abismado en la profunda tristeza de su existencia, Beethoven saca fuerzas de flaqueza y se dispone a cumplir una ilusión acariciada durante toda su vida: cantarle a la Alegría. Compone la “Novena Sinfonía” y su famoso “Himno a la Alegría”. La historia de un hombre infortunado, siempre atormentado por la nostalgia y el dolor, que aspira a cantarle a la alegría.

Viena, por otra parte, está entregada por completo a las melodías italianas. El maestro, humillado, prefiere abandonar el país y trasladarse a Londres. Un grupo de nobles amigos le dicen que “¡No!”, y le piden que se quede. Estrena en Viena la “Novena Sinfonía”, la cual resulta todo un éxito. La gente de pie, aplausos frenéticos, vivas inusitadas, un éxito rotundo y triunfal. Beethoven se emociona, llora hasta las lágrimas y se desvanece de la emoción.

No obstante lo anterior, los problemas continúan para el músico, su triunfo resulta pasajero, los resultados nulos. Pero no se da por vencido y sigue luchando. Proyecta numerosas obras: la Décima Sinfonía, la Obertura sobre el nombre de Bach, la Odisea, la música de Fausto y muchas más. Su espíritu sigue haciendo temperamental: irónico, despectivo y alegre.

La muerte se acerca. Beethoven no le teme a ella, ha vencido su propio dolor y no cree ya en la muerte. Pero ésta le acecha y hace acto de presencia. Cae víctima de pleuresía. Es finales de 1826. Desea vivir, pero ya no puede. Quiere seguir ayudando y asegurar el futuro de su sobrino, quien lo sigue despreciando.

Beethoven continúa luchando, tiene algunos meses de reposo; pero, el día 20 de diciembre sufre su primera operación. Luego, entre enero y febrero del año siguiente es operado cuatro veces más. La pobreza le embarga. La Sociedad Filarmónica le remite cien libras, como un adelanto de un concierto organizado en su beneficio.

El 23 de marzo deja como heredero universal a su ingrato y tan “querido sobrino”, a quien siempre quiso ver como a un hijo. Deja unas cartas a sus íntimos amigos. La muerte le llama y Beethoven deja de existir a la edad de 57 años. Esto sucedía un 26 de marzo de 1827, a las cinco y cuarto de la tarde.

Caía una terrible nevada. Estaba en Viena. Su penosa agonía había durado dos días. Algunos le recordarían, aunque ningún amigo, ni siquiera Carlos, “su querido hijo”, hubiera estado a su lado. Es una mano extraña la que le cierra los ojos. Horas después, el escultor Danhauser vaciaría luego la famosa mascarilla de este gran genio de la música que fue: Ludwig van Beethoven.

Fuente: Federico Ortíz-Moreno


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