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Hijo de padres alemanes, Rodolfo Diesel nació en París, Francia, en el año 1858. Su vida, desde pequeño hasta su trágica y misteriosa muerte en 1913, fue siempre intensa, llena de optimismo y proyectando siempre hacia el futuro.

Con una gran visión y capacidad extraordinaria para situarse ante la realidad actual y los hechos que él sentía posibles de que pudieran darse, Diesel trabajó con tenacidad intensa, proyectando, haciendo planes, siendo firme y tenaz como todo un germánico, y con un muy buen sentido del humor y deseo de educación y de viajar y conocer como todo buen europeo.

Los primeros años de vida de Diesel (al menos, los primeros doce), transcurrieron en Paris, ciudad para la cual Rodolfo guardara siempre un recuerdo especial y a la que debía regresar varias veces más tarde.

En 1987 las cosas cambian. Al estallar la guerra franco-prusiana, los padres del muchacho, que veían que la situación se complicaba irremediablemente, y que como extranjeros corrían el peligro de ser capturados y enviados a un campo de concentración, deciden marcharse a Inglaterra, país en el que residían unos parientes suyos.

El joven Diesel se adaptó perfectamente al nuevo ambiente. Más tarde, algunos amigos serían precisamente súbditos de la reina Victoria y el rey Eduardo. Era la época en que la rivalidad entre el káiser y los monarcas colocaban las relaciones entre ambos países en una situación sumamente crítica y difícil.

Diesel no fue jamás un alemán cerrado y fanático, de tipo teutónico. Al contrario, Rodolfo fue un joven abierto a las ideas e influencias franco-inglesas. Un joven alemán que educado en Augsburgo y Múnich y con los años de experiencias juveniles en Francia e Inglaterra, le hacían ser un hombre más abierto y más maduro.

La familia de Diesel, desarraigada por la guerra franco-prusiana y por la temporada de residencia en Inglaterra, decide finalmente establecerse en Augsburgo, vieja ciudad fundada por el emperador Augusto.

La ciudad ofrecía un gran campo en todos los ámbitos, se respiraba un gran auge en la ciencia, el comercio y la industria. Las nuevas fábricas aumentaban la riqueza municipal; la biblioteca de la ciudad era una de las mejores de Alemania, y el periódico local, la Allgmeine Zeitung, gozaba de fama en toda Europa.

Pero no era sólo esto lo que atraía a la familia de Deisel para asentarse en esta bonita ciudad. Se trataba, además, de la educación de su hijo. Querían que el muchacho se preparase, estudiara en una escuela tecnológica, en uno de los mejores institutos de enseñanza técnica en el país.

El joven Diesel daba muestras de gran talento en el campo de la ciencia. Y así, pues, luego de terminar brillantemente sus estudios en Augsburgo, el joven Rodolfo fue enviado por sus padres a Múnich, para que estudiara en la Escuela Técnica de Altos Estudios.

El ambiente de Múnich -una preciosa ciudad provincial, capital mundial de la cerveza, alegre centro estudiantil, ciudad artística y cultural de gran importancia, con uno de los mejores museos de Europa- agradó en extremo al joven Diesel.

En 1875, año que llegara a Múnich se respiraba en la ciudad un ambiente de optimismo. El nuevo imperio alemán había unificado todos los territorios de lengua germánica fuera del Imperio de Habsburgo; la expansión industrial y comercial de las ciudades alemanas, la política de Bismark, y, sobre todo, la fe y la confianza en el progreso del propio pueblo y los demás países de Europa, iba en aumento.

Diesel se sentía feliz. Era su mundo, era su ambiente. Alegre e inquieto, Diesel combinaba sus estudios científicos con las charlas de café, sus correrías de mediodía y de noche por los famosos "Biergarten" (jardines de cerveza, cervecerías o jardín-bares) de esa fabulosa, alegre y atrayente ciudad de Múnich.

Y no era sólo este ambiente que más tarde evocaría con nostalgia Diesel, lo que le satisfaría a nuestro personaje. Había, además de las fiestas, los amigos, el teatro y los bailes, la cuestión del estudio. Pronto conocería a alguien que sería su gran maestro y guía. Alguien que le orientaría decisivamente en sus estudios e investigaciones. Ese alguien fue Von Linde.

Von Linde era un famoso profesor de termodinámica. Primer hombre que fabricó aire líquido, el maestro de Disel combinaba los conocimientos teóricos con las aplicaciones prácticas. Estaba convencido que la teoría sin la práctica (algo que suelen y acostumbran hacer en las Universidades y Tecnológicos que se autonombran “centros de estudio”) de nada sirve.

Diesel aprendería mucho de él. Al igual que su maestro, también él creía que había de conectar teoría y práctica en forma que ambas salieran ganando. Luego, al escuchar una de las tantas pláticas y conferencias de Von Linde, Diesel escuchó al sabio profesor hablar acerca de la cantidad tan grande de energía que se desperdiciaba en el funcionamiento de la máquina de vapor. Es entonces cuando Diesel forma en su mente un proyecto fantástico: el construir un tipo de motor más perfecto. “Si fuera posible inventar el motor más eficaz del mundo. Uno que no desperdicie energía alguna. Uno cuyo motor exprima hasta la última gota de energía...” -pensaba.

A los veintiún años de edad Diesel terminaba sus estudios y recibía el diploma de ingeniero. Pero, a diferencia de los demás muchachos de la “Uni” quienes en su mayoría trataban de dedicarse únicamente a la caza de trabajos y empleos lucrativos, Diesel prefiere la investigación teórica, dar rienda suelta a sus especulaciones, investigar, deducir, probar, tratar y poner en práctica aquello que estudiaba.

En un principio, como “buen germano”, Diesel se enfocó mucho a la cuestión teórica. Poco a poco, todos esos embalajes teóricos irían a ser puestos en práctica, gracias a la ayuda de su maestro. Diesel quería, ante todo, profundizar sus conocimientos teóricos. Von Linde, que lo apreciaba como alumno y lo quería entrañablemente como amigo, le encontró un puesto docente como ayudante de laboratorio. Y, así, el equipo de maestro y discípulo siguió trabajando intensamente.

Los estudios de Von Linde acerca de los cambios determinados por la temperatura de los líquidos y gases tenían -como casi todos los descubrimientos físicos tienen o acaban de tener- una aplicación práctica: la industria de la refrigeración, en aquel tiempo en sus inicios, y que consistía básicamente en la producción de bajas temperaturas por medio de la descompresión y evaporación de varias substancias, entre ellas el amoníaco.

Las investigaciones en este campo siguieron. Diesel, por su parte, seguía con la idea, aquella que tuviera en sus tiempos de estudiante y universitario, de construir un motor más eficiente. Recibe la oportunidad, gracias a su maestro, de trabajar para una fábrica suiza.

Diesel era una especie de agente de viajes de alto comercio, con lo cual tiene la oportunidad no solo de viajar y conocer, sino de tener un buen empleo altamente remunerativo como para vivir sin muchas complicaciones.

Y así es como, gracias a sus magníficos conocimientos teóricos, al apoyo económico obtenido y a lo tenaz de su proceder, Diesel logra producir su primer aparato en uno de los principales talleres metalúrgicos de Augsburgo. Era mucho más pesado que los motores de explosión que empezaban a mover los primeros automóviles en aquellos mismos años, pero, en cambio, desarrollaba mucha mayor fuerza, y ocupaba un espacio mucho menor que los motores o máquinas de vapor.

El aparato resultó todo un éxito, sobre todo si tomamos en cuenta que el aparato era relativamente sencillo y económico. Diesel lo exhibió en la Exposición de Múnich de 1898 e inmediatamente los ambientes industriales y científicos de diversas partes del mundo acogieron el invento con sumo interés, e incluso con entusiasmo.

A diferencia de otros inventores, que con frecuencia mueren pobres y olvidados, y no hallan en sus contemporáneos más que incomprensión y desprecio, Diesel tuvo la suerte de desarrollar su invento en una época sumamente favorable para el progreso de la técnica.

Uno de los primeros en comprender la importancia de tal invento fue un industrial americano, procedente de la ciudad de San Luis, Missouri, quien adquirió las patentes de Diesel para Estados Unidos y Canadá, por la nada desconsiderable suma de un millón de marcos oro.

Diesel, ya rico y famoso, viajaba sin cesar. Daba conferencias, se entrevistaba con gerentes y directores de fábricas, así como con industriales extranjeros interesados en obtener sus patentes. Aparte, le gustaba viajar por placer. Era una forma e conocer gente. Hombre afable, buen conversador, sabía combinar los principios de la física teórica y las disertaciones sobre el porvenir de la industria con amenas anécdotas acerca de los políticos y hombres de ciencia de su generación. En 1910 obtuvo el Gran Premio en la Exposición de Bruselas.

Viajó por muchos países, incluyendo Estados Unidos. Después de su primer viaje por América regresó a Europa, donde le esperaban nuevas entrevistas y consultas con importantes hombres fabricantes de motores en Inglaterra y Alemania. En otoño de 1913, unos meses antes de que se iniciara la Primera Guerra Mundial, en 1914, debía pasar a Inglaterra para asistir a una importante reunión de fabricantes y técnicos ingleses.

El 29 de septiembre de 1913, Diesel se embarca en el vapor Dresden, que hacía la travesía del canal de la Mancha, de Amberes a Londres. La noche era tranquila; la mar estaba en calma. Diesel llevaba consigo importantes documentos técnicos. Luego de conversar con algunos pasajeros, pudo verse su silueta en el puente de paseo reservado a la primera clase.

Era la última vez que se le vería. A la mañana siguiente, al llegar el Dresden a Londres, Diesel había desaparecido. Su cama no estaba deshecha. Los documentos que llevaba consigo habían desaparecido. ¿Víctima de un complot organizado? ¿Suicidio? ¿Ovnis? Nada se supo. Simplemente se habló de la muerte o desaparición de un gran hombre: Rodolfo Diesel.


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