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Príncipe de Habsburgo, archiduque del Imperio Austro-Húngaro, viajero de innumerables países.

Persona preparada, de clara inteligencia y finos gustos. Aquel que fuese llamado por Napoleón III para que ciñera la corona imperial de México: Fernando Maximiliano de Habsburgo.

Por la ruta del tiempo

Cuenta la historia que «había una vez» dos hermanos que se llevaban a las mil maravillas. El mayor de ellos, Francisco José, no dejaba escapar oportunidad alguna para ayudarle y obsequiarle algunos regalos. En cierta ocasión, el pequeño enfermó, y Juan Francisco iba todos los días a visitar a su hermano. Le leía algunas historias, trataba de halagarlo haciéndole algunos dibujos, pintando con él, platicando... Se llevaban muy bien.

Corre el tiempo. Francisco creció adquiriendo hábitos metódicos. Era la personificación del deber; rechazaba el lujo exagerado; sólo le gustaba la caza y la música. Su hermano menor, en cambio, amaba la naturaleza, el mar, los animales, la buena mesa, la poesía y la música; era diferente a su hermano: gastaba sin moderación alguna, aunque siempre estaba dispuesto a abrir su corazón a la gente.

Francisco José, el mayor, era más reseco, más serio; el menor, todo lo contrario, era amable y bondadoso. Luego, cuando llega la adolescencia, sucede en ellos un cambio. El menor, de sólo 16 años, sigue siendo estudiante; el mayor, en cambio, es nombrado y convertido en Majestad Imperial de Austria. Tenía apenas 18 años de edad.

El amor que se profesaban desde niños comienza a declinar. El más pequeño pasa a un segundo plano ante los ojos de Francisco José. No obstante, el destino le tenía preparado, al menor, algo grande. Regir los destinos de México, ceñir la corona imperial y convertirse en Maximiliano I, segundo Emperador de México.

El Príncipe Fernando Maximiliano, archiduque del Imperio Austro-Húngaro, nació el 6 de julio de 1832 en el Palacio Schoenbrün, cercano a Viena. Fue el segundo hijo de del archiduque Francisco Carlos y de la archiduquesa Sofía, ambos de la casa de Habsburgo, gobernantes de Austria.

Estudio con preceptores imperiales, el principal de ellos fue el conde de Bombelles. Destinado a la Marina, viajó por el Mediterráneo. Pasó un buen tiempo (4 años, de 1850 a 1854), viajando y conociendo Grecia, Italia, España, Portugal, la Isla de Madera, Tánger y Argelia, donde escaló y ascendió al Monte Atlas.

Fue nombrado después almirante y comandante en jefe de la flota austro-húngara, en cuyo carácter visitó Palestina (1855), Francia, Bélgica y Holanda (1856) e Inglaterra (1857). En una de las visitas que realizara a Bélgica, en el palacio real de Bruselas, conoció a la princesa Carlota Amalia, hija del primer matrimonio del rey Leopoldo I y Luisa de Bélgica, con la que después contrajo nupcias, el 27 de julio de 1857.

Su infancia

No cabe duda que los primeros años de la vida de Maximiliano estuvieron enmarcados por todo el lujo propio de las cortes europeas, incluyendo una guardia de honor personal. Pero, además de todos estos momentos de esplendor imperial, tablado teatral y ratos de ocio, fue su madre quien se encargó de la educación de los herederos al trono de Austria.

Ella misma, su madre, la archiduquesa Sofía, fue quien se encargó de la educación de sus hijos; ella misma vigilaba y seleccionaba los cursos que debían impartírseles. Se interesaba acerca de los logros que tenían, aquello que les gustaba y aquello para lo que eran más aptos.

Maximiliano y Francisco José

Con su hermano mayor, Francisco José, quien ciñera más tarde la corona como emperador de los austriacos, Maximiliano estudió idiomas, arte, religión, geografía, matemáticas, historia, filosofía, especialidades guerreras como artillería, balística y técnicas de infantería, y por supuesto, el arte de gobernar.

En un principio, como señalé al inicio, los hermanos se llevaban de maravilla. Luego, todo cambiaría. A partir de los estudios, hubo cierto distanciamiento entre ellos el cual fue acentuándose cada vez más. Francisco José veía hacia abajo y con el miramiento de hacer insignificante a su hermano menor, Maximiliano.

Su visita a Francia

En el año 1856, Maximiliano fue enviado en nombre de Austria a París para tratar con Napoleón III, sobre las relaciones de las dos naciones. La impresión que se llevase Maximiliano sobre la corte francesa no pudo ser peor: en varias ocasiones escribe a su hermano comunicándole el mal gusto que le habían causado Napoleón y su esposa Eugenia de Montijo.

No se dan muchos detalles en cuanto este «choque», pero había algo en ellos (ésta pareja, Napoleón III y Eugenia), que a Maximiliano no le gustaba. Dicho sea de paso, Napoleón III era hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda, y de Hortencia de Beauharnais, hermana de Josefina, la primera esposa de Napoleón Bonaparte.

El joven Maximiliano

Antes de regresar a su patria, Maximiliano hace escala en Bélgica. Ahí conoce a la hija del rey Leopoldo I, Carlota Amalia, quien sólo contaba con 16 años de edad. Los jóvenes se entienden. Más tarde, el 27 de julio de 1857, contraen matrimonio.

Una cosa que hay que aclarar es que, contrario a lo acostumbrado no sólo en la época, sino en las familias gobernantes, ni Maximiliano ni Carlota llegaron al matrimonio por decisión de sus padres. Ambos deseaban casarse, pero con alguien escogido por ellos mismos. No había habido oposición y ellos habían hecho lo que querían.

Las primeras encomiendas

El emperador austriaco Francisco José se negaba a dar algún título real a su hermano Maximiliano (recordemos su «pique»); pero, instado por otros mandatarios europeos y por familiares para que fuera un poco menos drástico con su hermano, optó por nombrarlo virrey de los territorios italianos dominados por Austria.

El cargo debía ser de alguna importancia, pues Maximiliano y Carlota habrían de gobernar Milán y Venecia. Sólo seis semanas después de su matrimonio, el 6 de septiembre de 1857, la nueva pareja virreinal entró a Milán, en medio de una salva de artillería; pero los habitantes no demostraron ninguna alegría, pues nadie, en Italia, quería seguir siendo dominada por el yugo austriaco.

No duraron mucho tiempo aquí. Aunque fueron mal recibidos en Milán, Carlota y Maximiliano hicieron todo lo posible por mostrarse afectuosos y caritativos con la gente. Pero la guerra desatada por Francia y Córcega, que se mancomunaron para liberar a Italia de los Austriacos, puso punto final al gobierno de Maximiliano.

La pareja se fue a vivir a Miramar, cerca de Trieste; y allí, mientras Maximiliano se dedica a refinar sus gustos burgueses, Carlota «se muere de coraje» por no tener el poder en sus manos, más aún sabiendo que después de lo de Italia, difícilmente Francisco José pudiera darle otra corona a su hermano.

El ofrecimiento de la corona

Los hechos anteriores habían pesado sobre él. Y, para distraerse de estos pesares, realiza un viaje a Brasil (1859-1860). Luego regresaría s su patria. Había personas que estaban interesados en establecer una corona imperial en México. Muchos trataban de sacar provecho.

El exiliado mexicano José Hidalgo (que algunos historiadores sitúan como pariente allegado a Don Miguel Hidalgo) era asiduo visitante de la casa materna de la esposa de Napoleón III, y resultó convirtiéndose en amigo de confianza de Eugenia de Montijo.

Hidalgo y José María Gutiérrez de Estrada (también mexicano) hablaban constantemente con los reyes de Francia acerca de la situación política en México. En sus charlas ponían sobre el tapete la posibilidad de que un noble europeo se hiciera cargo del gobierno de aquel país.

La corona es ofrecida a Maximiliano, quien la acepta el 10 de abril de 1864. Corría el año 1861. Francisco José no le había dado más coronas; en cambio, Napoleón III, le ofrecía todo un imperio. Casi enseguida, Maximiliano nombra ministros y otros funcionarios (ya desde aquel tiempo se acostumbraba «repartir» los cargos) y firma con su hermano un contrato por el cual renunciaba a sus derechos a la corona de Austria.

Más tarde firma el Tratado de Miramar con Napoleón III, por el cual se comprometía el gobierno de Francia a mantener en México un ejército de 25,000 hombres para apoyar al Imperio durante seis años, número de soldados que iría reduciéndose a medida que fueran organizadas las fuerzas mexicanas.

El problema en México

México pagaría 270 millones de francos por concepto de gastos de guerra, más 76 millones con un rédito del 3 por ciento anual, dinero prestado en efectivo para gastos del gobierno imperial; además, se tendría que pagar a la tropa todos los gastos de abastecimiento y la liquidación de todas las deudas anteriormente habidas.

Uno de los compromisos del tratado era que el gobierno imperial de México seguiría una política liberal. Empero, México no estaba en condiciones de pagar tan enorme suma. Juárez no estaba tan loco como para aceptar semejante disparate. El país seguía siendo un caos y, aunque se quisiera, no había modo de sacarlo adelante.

Los antecedentes

El país, como mencioné, era un verdadero embrollo. El asalto al poder por grupos de diferentes tendencias habían desgraciado al país. Líderes, regentes, presidentes y dictadores no hacían mas que enriquecerse y burlarse del pueblo (cosa que muchos hacen todavía); Hidalgo y Morelos habían ofrendado sus vidas en vano; luego vendrían otros, la mayoría de ellos bastante rateros y corruptos.

Antonio López de Santa Anna había ocupado varias veces la presidencia, vendido la mitad del país y disfrutado de muchas muertes; Juárez, dígase lo que se diga, había hecho lo mismo, aunque siempre con mayor inteligencia. Luego, Agustín de Iturbide... ¿Emperador? ¿Qué más pudiéramos esperar...?

Maximiliano rumbo a México

Antes de viajar a México realiza un viaje a Roma para visitar al Papa, pero nada arregla sobre la cuestión religiosa mexicana. Maximiliano sigue teniendo problemas con su hermano. Este le obliga a renunciar, antes de partir, a la sucesión y a todos los privilegios de su apellido.

Lleno de ira, Maximiliano se niega; pero, días más tarde se doblega. El 10 de abril de 1864 se hace el nombramiento oficial de Maximiliano como Emperador de México. Al poco tiempo, él y su esposa zarpan del puerto de Trieste, en Italia, en la fragata austriaca «Novara».

El 28 de mayo llegan a Veracruz, donde son recibidos fríamente por la población. Continúan su viaje rumbo a México, donde entran el 12 de junio. Se les recibe espléndidamente. Población, autoridades y ejército francés les dan una cálida bienvenida.

El gobierno de Maximiliano

Al organizar su gobierno, Maximiliano nombra como ministros a personajes liberales moderados, lo que produce el disgusto de los conservadores. Lo más grave que le sucede es que, en vez de ocuparse por resolver asuntos de inmediata importancia, se dedica a cosas por completo superficiales e inútiles, como la organización de la corte y el protocolo. Pero tiene, también, Maximiliano, sus puntos buenos: reorganiza la Academia de San Carlos, funda los Museos de Historia Natural y de Arqueología, la Academia de Ciencias y Literatura. Deja, en cambio, en el olvido, asuntos de mayor importancia.

Aunque declara a la religión católica la religión del Estado, mantiene los principios de la reforma liberal, reduce el clero a su función ministerial y los aleja de la política y la administración. Dispone que se presten gratuitamente los servicios religiosos, que los sacerdotes quedasen a sueldo del gobierno y que toda comunicación con Roma pasara por la censura gubernamental antes de ser enviada a su destino. El nuncio protesta por estas medidas y el clero mexicano emprende una verdadera campaña contra el emperador, a quien llaman «empeorador».

Inician los problemas

No tardó en surgir la desavenencia entre Maximiliano y el mariscal Bazaine, acusando este último al primero de no poder organizar la hacienda pública, mientras que el Maximiliano tildaba al mariscal de negligente, tonto y descuidado para sofocar el estado de rebelión existente.

Maximiliano no quiere problemas. Sabe que los hay. El emperador publica un decreto, el 3 de octubre de 1865, en el que declaraba fuera de la ley a los guerrilleros que estuvieran combatiendo aún contra el imperio, que todo hombre sorprendido con armas sería remitido a las cortes marciales, para ser pasado por las armas veinticuatro horas después. Mientras tanto, Carlota, su esposa, hace un viaje por la península de Yucatán.

Se deshace el Imperio

Napoleón III, por otra parte, sabía que las cosas no marchaban muy bien en México. La Cámara de representantes le pide explicaciones sobre los costos y resultados de la expedición a México. Por todas estas causas y muchas otras más, especialmente la causa económica que estaban dejando exhaustas las arcas del tesoro francés, Napoleón III resuelve dar por terminada su empresa en México, dos años antes del plazo fijado en los tratados de Miramar.

Cuando Maximiliano recibe la comunicación del emperador de los franceses avisándole del retiro de las tropas, decide abdicar; pero la emperatriz Carlota no se resigna a perder la corona y embarca para Europa. Según algunos esto enloquece a la emperatriz, a fuerza desea el poder y ya muestra algunos signos de locura.

Enferma luego, en serio, la emperatriz. Maximiliano desea regresar. Por segunda vez resuelve abdicar y embarcarse con sus últimos contingentes franceses que eran contenidos en Veracruz. Los franceses empiezan a embarcar, comienzan el 18 de diciembre de 1866 y terminan de hacerlo el 11 de marzo de 1867.

Pero Maximiliano se queda...

Maximiliano marcha hacia Orizaba el 21 de octubre de 1866 para salir junto con Bazaine hacia Europa. Circunstancias familiares, ofrecimientos del partido conservador que lo tenían bloqueado y la llegada de los generales Miramón y Márquez, lo animan a seguir en México.

Reorganiza el ejército imperial. Miramón intenta un golpe en Zacatecas, donde se encontraba el gobierno republicano. Juárez y su gabinete, que habían venido desde Paso del Norte a Chihuahua, Durango y Zacatecas, están a punto de ser prisioneros, pero logran escapar.

El general Escobedo, por su parte, derrota a Miramón, en San Jacinto de Aguascalientes. Maximiliano trata de hacerse fuerte en Querétaro, donde se concentran las tropas de Márquez, Miramón, Méndez y Mejía. Dos ejércitos, uno, el del norte, al mando del general Escobedo, y el otro, el de occidente, al mando del general don Ramón Corona, avanzan sobre Querétaro.

En otro punto aparece el general Porfirio Díaz, quien sitia Puebla y derrota a Márquez quien se había trasladado desde México para defender esa plaza. Mientras tanto, en Querétaro, Maximiliano decide rendir la plaza y deponer las armas.

El emperador se retira al Cerro de las Campanas con algunos de sus generales y se entrega como prisionero. Maximiliano es hecho preso en el Convento de Santa Cruz y después trasladado al de Capuchinas. El gobierno dispone un Consejo de Guerra quien ha de juzgar a Maximiliano y a los generales prisioneros.

Se forma el consejo y la sentencia es dada. El archiduque Maximiliano es fusilado junto a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, a las faldas del Cerro de las Campanas, el 19 de junio de 1867. Sus restos, solicitados por su familia, serían trasladados más tarde al panteón imperial de los capuchinos, en Viena. El habría sido Maximiliano I, Emperador de México.

Tomado del periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 9 de julio de 1990.


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