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Uno de los inventores más grandes que haya tenido la humanidad. Fabricante e inventor sueco que con métodos y experimentos hizo llegar al mundo una nueva esperanza. Hombre que creía en el hombre, hombre que creía en la esperanza y en la paz. Él fue Alfredo Nobel.

El primer encuentro

¿Quién pudiera imaginar que ese gran inventor y fabricante sueco que halló la forma para aplicar la nitroglicerina a las causas pacíficas y bélicas, el que inventó la dinamita, y que contribuyó en gran medida a hacer más terrible el poder de los ejércitos modernos, pudiera tener ante si toda una serie de alternativas para el empleo y uso de sus propios hallazgos y descubrimientos?

Se dice que Nobel tenía una «doble personalidad». Por una parte construyendo materiales que utilizados de cierta forma pudieran resultar totalmente destructivos; por otro lado, en cambio, aportando su fortuna a la causa de la paz. Pero ese era Nobel. Un científico, un comerciante, un hombre que quiso aportar algo para el mundo, aunque no siempre corriese con la suerte que debiera tocarle.

Antes que nada, la humanidad

Para Nobel, primero que nada estaba la humanidad. Algunos podrán criticarle por sus inventos mortíferos, pero no son los inventos los que destruyen al hombre, sino el mismo ser el que aniquila su persona. De ahí a que se preguntase si acaso Nobel se había arrepentido de sus inventos mortíferos, se le señalaría lo mismo: es el hombre el que se destruye a si mismo, y no los propios inventos que pudieran así mismo utilizarse para bien de la humanidad.

Nobel creía en el hombre. No en los hombres que le rodeaban (aventureros, criticones, holgazanes, riquillos o los buenos para nada); Nobel creía en el hombre del porvenir, en el hombre del futuro, aquel que podía ser y llegar a ser. Ciertamente idealista, pero con el corazón, también, puesto en la tierra.

Algo sobre él

Cuando se le criticó porque no estaba dispuesto a apoyar los congresos en favor de la paz, muy de moda en aquella época, Nobel contestó: «Quizá mis fábricas acaben con la guerra antes que vuestros congresos». Luego agregaba: «El día en que dos ejércitos puedan aniquilarse mutuamente en un segundo, todas las naciones civilizadas se apartarán de la guerra y darán licencia a sus soldados».

Así era como pensaba él. Unas palabras que, sobre todo en nuestros días, nos podrán resultar familiares, donde los ejércitos se temen los unos a los otros, donde la esperanza de guerra vence sobre la paz, donde unos a otros se exterminan y donde la última salida es la destrucción del mundo. Palabras proféticas, a la vez que aterradoras.

Alfredo Nobel

Alfredo Nobel nació en Estocolmo, Suecia por el mes de octubre de 1833. Era un hombre que daba la impresión de estar desarraigado. Un eterno viajero, adaptable a muchos países, gran lingüista y ciudadano de mundo, pero en el fondo insatisfecho con todos los países en que vivió.

Nobel era aún muy niño cuando su familia se había marchado a San Petersburgo, en Rusia, lugar al que su padre se había ido a fin de establecerse allí y recuperar su fortuna, que en los negocios había disipado. El padre de nuestro personaje se llamaba Immanuel Nobel y se parecía en muchos detalles a su hijo. Hombre desprovisto de educación académica consiguió establecerse, primero en Suecia, como arquitecto, y luego en San Petersburgo, como constructor de minas submarinas, buques de vapor y otros aparatos y artefactos de uso militar.

Al principio le fue bien, aunque más tarde surgieron de nuevo los problemas. Después de la guerra de Crimea, cuando el gobierno zarista rescindió sus contratos, una segunda racha de mala suerte determinó que hubiera de cerrar la fábrica; y, por segunda ocasión, el padre de Nobel se hallaba de nuevo en la bancarrota.

Ese otro tipo de problemas

Si bien el anterior había sido un tipo de problema económico, los siguientes contratiempos fueron de origen más contundente o «explosivo». Uno de ellos ocurrió la mañana del 3 de septiembre de 1864. El padre de Nobel había regresado a Suecia y había instalado un pequeño laboratorio en el pequeño pueblo de Helenborg. Allí Alfredo, que por entonces tenía ya treinta años, manifestaba tanta disposición para los inventos y la ingeniería, como lo hacía su padre. Trabajaban en un peligroso experimento a base de nitroglicerina.

¡Y nada! Que de pronto, súbitamente, el pequeño laboratorio desapareció en medio de una tremenda explosión, quitando la vida a cinco hombres y haciendo temblar a todas las casas del pueblo. La policía investigó el accidente y Alfredo reveló, fría y llanamente, que su hermano Emilio se encontraba entre las víctimas.

Nobel, según se dice había dicho que la culpa de la explosión había sido de su hermano Emilio, pues apuntaba que la nitroglicerina no era peligrosa si se tomaban ciertas precauciones. Luego afirmaría: «No podemos esperar que una substancia explosiva pase a ser de uso general sin que cueste esto algunas vidas humanas».

Hechos como el anterior se repitieron posteriormente en mayor o menor escala; pero el hecho fundamental era que ni Nobel ni nadie, conocía a fondo las propiedades de aquella nueva substancia, diez veces más poderosa como explosivo que la pólvora más potente entonces conocida. Su propia composición química era poco conocida y la que se sabía era tan sólo una aproximación, de ahí a los problemas a que se enfrentaban.

La verdad

La verdad era que los Nobel no habían sido los inventores de tan peligroso producto. Habían, sí, conocido por primera vez, la existencia de la nitroglicerina gracias a un profesor de la Universidad de San Peterburgo, llamado Sinin. Nobel apenas tenía 20 años y tan sólo contaba con conocimientos técnicos y científicos muy elementales, aunque ya se había formado en la mente de fabricar explosivos. La nitroglicerina había sido descubierta por un italiano, Ascanio Sobrero, inventor que en Turín combinó por primera vez el ácido sulfúrico con un líquido incoloro, de consistencia semilíquida, parecido a un jarabe, conocido con el nombre de glicerina, que es un alcohol obtenido a base de grasas animales y vegetales.

Sobre el producto

Este producto, cuya combinación era muy inestable, tenía la propiedad de estallar en muchas condiciones previstas, y por desgracia, también, en muchas condiciones no previstas. Aquel líquido era tan peligroso, venenoso (e incluso, además, mortífero, por la producción de sus gasas letales), que el inventor no pudo producirlo en grandes cantidades, ni determinar exactamente su composición química, ni sus posibles empleos. Poco tiempo después, no obstante, Sobrero logró diluir dicho compuesto para hacerlo menos activo y encontrar una posible aplicación a ciertas enfermedades del corazón. «Uso farmacéutico que, irónicamente -cuenta uno de sus biógrafos-, los médicos recomendaron más adelante al propio Alfredo Nobel».

Su padre y sus hermanos

El padre de Nobel, Immanuel, fue el primero en tratar de utilizar la nitroglicerina con fines explosivos, mezclándola con pólvora, obteniendo así una fuerte explosión. Comunicó a su hijo Alfredo los resultados de sus experimentos, con frecuencia negativos; Alfredo, mientras tanto, había permanecido en San Petersburgo en compañía, de sus hermanos que estaban abriéndose paso en el campo de la ingeniería.

A Alfredo le gustaba y comprendía la importancia de estos experimentos, por lo que se propuso y decidió continuar con la labor de su padre. En presencia de sus hermanos, y utilizando un canal lleno de agua existente en un establecimiento de ingeniería perteneciente a sus hermanos, Alfredo consiguió hacer estallar una probeta de cristal llena de aquel misterioso líquido; y lo hizo no mezclándolo con pólvora, como su padre recomendaba, sino mediante otro poderoso y fulminante.

En 1863 pasó a Suecia donde, a fines de ese mismo año, había conseguido fabricar un explosivo que prometía tener variadas aplicaciones prácticas, obteniendo patentes en nombre propio. Hasta ahí todo iba muy bien; sin embargo, la tensión entre el padre y el hijo crecía.

Otros problemas, nuevos rumbos

Aún quedaba vivo el recuerdo de la muerte de su hermano, Emilio, muerto en aquel fatal accidente. Su padre había sufrido un ataque al corazón lo que afectó gravemente su salud. La policía, mientras tanto, investigaba, a la vez que la familia presentaba un frente unido: la causa de la explosión fue debida a la torpeza del muchacho, el hermano de Alfredo.

Sin embargo, las autoridades locales no quedaron convencidas, y prohibieron a Nobel que siguiera fabricando explosivos, al menos dentro de los límites del pueblo. Lo anterior obligó a Nobel a recurrir a una treta que pudiéramos considerar obvia. Cambió de domicilio. Se mudó a un barco, donde empezó a realizar sus experimentos. El sitio exacto era sobre el lago Mälaren, no muy lejos de Estocolmo. Sin embargo, aquí también encontró problemas: los habitantes del lugar estaban hartos de tanto ruido, motivo por el cual Nobel tenía que cambiar a menudo de sitio. No obstante y todo esto, Nobel pudo continuar sus experimentos.

Los experimentos

Nobel procedió a fabricar importantes cantidades de nitroglicerina para satisfacer los pedidos que le llegaban y a proseguir sus investigaciones en torno al tipo de prevención que debía que tenerse a fin de evitar que estas «botellitas» explotasen a cada momento.

Hubo luego de interrumpir estos experimentos ya que para ello se requería cierta situación financiera, condición de la cual no gozaba, al menos la que él requería. Dispúsose, pues, al campo de los negocios. De ahí, al menos, podría sacar algo para continuar sus investigaciones en el campo de los explosivos.

Nuevas empresas, nuevos problemas

La complicada situación en el campo de las patentes que se producían en distintos países era algo que le incomodaba. Por una parte un grupo de personas sin escrúpulos se dedicaba a dizque producir explosivos, los cuales eran sumamente peligrosos y de muy baja calidad. Por otro lado, empezaban a surgir por todas partes reglamentos y disposiciones administrativas que prohibían o limitaban el uso de la nitroglicerina, por temor a los accidentes que pudieran producirse. De ahí a que Nobel pensara: «Y, ahora ¿qué vendo?».

Pero su lucha seguía. Nobel efectuó un viaje a Estados Unidos a fin de defender sus derechos de patente. Allí demostró las virtudes y cualidades de su producto, la nitroglicerina, y las ventajas que tenía sobre otros, haciendo hincapié en el manejo y la seguridad de tal substancia que ya era más fácil de tratar.

Aprovechó, entonces, Nobel, una situación. En Estados Unidos se iniciaba un período de expansión industrial en gran escala, y el nuevo producto parecía ofrecer enormes beneficios: éste podía tener amplias aplicaciones, desde el uso farmacéutico, hasta ser utilizado para ayudar a la construcción de puentes, pasos de ferrocarril, presas, represas, etcétera, y destruir, así, los obstáculos físicos que se requerían para la construcción del mismo.

Dinamita y pólvora

Era bien sabido de todos que la nitroglicerina presentaba grandes problemas de peligro. Así, frente a esta situación, Nobel empezó a buscar un método para hacer menos peligrosa la nitroglicerina. Pronto dio con lo que buscaba: empapar la nitroglicerina con una substancia de sílice porosa, llamada kieselguhr, de aspecto similar a la arcilla. Este procedimiento hacía que la nitroglicerina quedara relativamente estabilizada. A este producto lo llamó dinamita.

La dinamita

La dinamita era un poco menos efectiva que la nitroglicerina en cuanto a poder explosivo, pero sus ventajas relativas a seguridad. En su manejo compensaban con creces aquella diferencia. La fortuna de Nobel empezó a crecer rápidamente. En 1867 las fábricas de Nobel produjeron once toneladas de dinamita; en 1874 la cantidad producida ascendía a tres mil toneladas, y el número de fábricas había pasado de tres a doce.

En 1875 hizo otro importante descubrimiento al combinar pólvora de algodón con nitroglicerina. Mediante esta combinación consiguió un explosivo más poderoso que la nitroglicerina y tan seguro como la dinamita. A este tipo de «gelatina explosiva» Nobel la llamó balistita, materia que fue imitada por sus rivales ingleses y patentada por ellos con el nombre de cordita, aunque, hay que reconocer, el invento pertenece a Nobel.

Su forma de ser

Nobel era un hombre peculiar. Inquieto, agudo, malhumorado e introvertido. A pesar de ser multimillonario, haber sido condecorado por distintos gobiernos, Nobel estaba, hasta cierto punto desilusionado del hombre. Era a la vez profundamente cínico como idealista. Sus opiniones resultaban, a veces, pintorescas. El mundo de los negocios le inspiraba horror. De sus amigos diría: «¿Dónde están?». Una vez escribió, contestándole a un conocido: «Le aseguro a usted que los amigos numerosos se encuentran únicamente entre los perros». Así era Nobel.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, había en Nobel aún una esperanza. Aquél misántropo estaba convencido de que sus millones podían y debían servir para hacer algo en beneficio de la humanidad. Tenía profunda fe en el desarrollo de la ciencia y del hombre, de la educación y su progreso. De aquí nacería la idea de fundar los premios que llevarían su nombre, y cuyo objetivo era estimular la producción científica y literaria, lo mismo que los esfuerzos en pro de la paz, mediante este reconocimiento.

La persona que posiblemente más haya influido en esta decisión fue la condesa austríaca Bertha von Chinic, luego baronesa von Stuttner. Ella lo alentó, le dio ideas y finalmente los premios se acordaron. La baronesa von Suttner era una mujer inteligente, escritora dotada de gran sensibilidad, quien al comunicar a Nobel sus ideas apasionadas en favor del pacifismo, ideas que coincidían con las de Nobel, le instó a que diera un buen uso a sus millones estableciendo un premio en favor de los que luchaban por la paz.

Se estableció la Fundación Nobel. Sus cláusulas y estatutos fueron aprobados por el gobierno de Suecia, a principios de 1900 y refrendada por el rey en junio del mismo año. En diciembre de 1901, cinco años después de la muerte de Nobel, se distribuyeron los primeros premios que llevan su nombre.

Tomado del periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 24 de septiembre de 1990.


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